martes 28 de febrero de 2012

Un globo



no podría soportarlo otra vez
la ambigüedad
ese martillarme
sin embargo retengo mi globo rojo
mientras espero que en el jardín nazca una flor

miércoles 7 de diciembre de 2011

Otro día


Me desperté con la certeza de que mi final se acerca. Estoy tranquila. Algo me corroe, me voy venciendo. No parece más que algo habitual: la vida.

Te supliqué que poseas este corazón, me revolqué en el amor, y tus vacilaciones, tu abandono, la infidelidad, la insensibilidad de un alma en la que creía me convirtieron en esta mujer que sufre.

La libertad no hará más que entristecerte, te perderá. Pero se está haciendo tarde, ya no puedo advertírtelo.

El murmullo de una melodía me llega. Logro sustraer a la angustia, aún sabiendo que ya no lo puedo todo. Preferiría volver a la otra orilla.

Me vence el sueño, hoy, no la muerte.

sábado 26 de noviembre de 2011

Dedal

un dedal
descubre
huérfanos pájaros

yo, tan erosionada
que los órganos
se me mastican

y me bebo, allí,
donde expones
el cuello quebrado de un cisne

jueves 13 de octubre de 2011

Fortaleza

nadé en las profundidades
de la tierra
me arropaste con arena en este mundo
que se pudre
para emerger
flores de mis iris

domingo 18 de septiembre de 2011

Margen


en la orilla
una gaviota negra de ojos
enmudecidos
y una mujer neblina
ya invisible

jueves 1 de septiembre de 2011

Mi jardín

Abrí los ojos sobresaltada. Eran las siete de la mañana. Me quedé un momento pensando en el largo día que comenzaba. Cuánta verdad había en aquello de concebir al tiempo como una magnitud relativa. Ahora lo sabía. Los días se habían convertido en semanas, las semanas en meses, los años... Los años no tenía idea, menos que eso había transcurrido, aunque suponía que era mucho.

Finalmente, tomé coraje, acomodé la mitad de la cama deshecha, me preparé un té y enfrenté, una vez más, la desilusión diaria. Estaba exhausta, sentía que caminaba dentro de una espiral que me absorbía, que no me dejaba paz. Pero pensé en esa creencia de que las cosas se compensan por las leyes propias del universo, que sostiene que en todo lo bueno hay algo malo y en todo lo malo también hay algo bueno. Tal vez hoy sucediera. Miré el teléfono, no sonaba. Ese concepto de la filosofía oriental seguramente era una fantasía para crear esperanzas en los infelices.

Sabía que debía entrar, allí donde alguna vez había ido con él. Tenía que dar ese paso. La vida me rodeaba, me escapaba. Si tan solo pudiera atravesar esa puerta… Para animarme imaginaba que me daba la mano, no podía hacerlo sola, pero se me escurría en silencio. El miedo a alejarlo más me paralizaba. Era necesario que me despidiera de lo que pensaba sobre el amor. Aún no estaba lista.

El cielo permanecía gris, no se habían transformado en verdes las hojas amarillas, ya llevaba más tristeza de la cuenta. Por la tarde, las actividades planificadas me engañaban, conversaba con otros, hasta, a veces, reía. Ese espeso talento de vivir me auxiliaba sin comprenderlo.

Otra vez la noche empezaba antes. Toda yo me oscurecía. Y, por un momento apenas, pude congelar la idea de aquel pequeño jardín con flores.

jueves 11 de agosto de 2011

Rodar

El aire le pegaba con fuerza en la cara, ella pedaleaba con más energía. Miraba con los ojos desnudos edificios, personas, árboles, veía todo.

En la calle vacía de un frío domingo, el lamento de las hojas que aún se aferraban a sus árboles la hacía temblar. Sollozaba.

Miraba el parque, se recordaba joven, se recordaba feliz. Pensaba en incontables paseos, como si quisiera ponerlos todos en una cajita para protegerlos del olvido. Los enumeraba. Habían transcurrido apenas unos días, pero la hondura de ese dolor le hacía creer que no podían ser menos que años.

Si él corría, ella lo seguía, es cierto, ahora en parte se lo reprochaba; aunque si ella avanzaba demasiado él la alcanzaba. ¿Cómo iba a enterrarlo?

El amor se convertía de pronto en la desilusión de lo que creía que era; allí, donde encontraba su salvación, hoy tenía nada. El silencio la aplastaba hasta alcanzarla invisible y la oscura dulzura de la incomprensión la derramaba en la intemperie.

Sintió frío y avanzó con más fuerza.

lunes 27 de abril de 2009

El niño pez


Lucía Puenzo, directora argentina reconocida por su ópera prima XXY, acaba de estrenar su segundo film: El niño pez. Y una vez más, aborda el cine desde la escritura. Justamente, la historia sale de una de sus tres novelas, que publicó hace diez años y que declara no volvió a leer hasta que decidió adaptarla para el rodaje.
Lala (Inés Efrón), una adolescente de clase alta, se enamora de su mucama paraguaya, La Guayi (Emme). Si bien la familia, ausente, parece ignorar el amor entre ellas, juntas planean fugarse a Paraguay para construir un espacio de felicidad.
En el texto original la voz narradora pertenece a un perro, Serafín, que mira desde un lugar cínico y humorístico el mundo de su ama. Aquí la cámara va de la mano de Lala. De este modo, el espectador descubre con ella el pasado misterioso de La Guayi y Puenzo consigue que no se juzgue a estos personajes complejos, que guardan secretos y parecen guiarse únicamente por la pasión y nunca con la razón.
La película debe su nombre a una leyenda popular sobre un niño que habita como un pez en las profundidades de un río paraguayo donde lo abandonaron. Un niño pez que también es un crimen. El límite entre lo real y lo imaginario se desdibuja en este punto y, por momentos, la trama parece rozar con el realismo mágico; sin embargo, la directora y autora asegura que no le interesa ese género. Entonces, podría tratarse de un mundo onírico como refugio para lograr seguir viviendo.
Un amor puro y complejo, erótico y maternal, que sobrepasa a sus protagonistas. La Guayi cautiva a todos con sus curvas, su mirada, su canto de pájaro; sabe que cuenta con ese arma, su cuerpo, que lastima, pero no tiene nada más. Lala sucumbe ante sus encantos y esa pasión la irá transformando.
El argumento se sale de algunos lugares comunes, deja fuera muchas piezas del rompecabezas y se estructura desde la mezcla del melodrama, el thriller, lo fantástico y lo policial, donde prevalece el relato no lineal. Cargado de oscuridad, con la muerte de un juez, el tabú del incesto, el submundo de la trata de blancas y la corrupción policial, alumbra con un amor tan profundo como insoportable. "El deseo mueve al mundo", enfatiza Puenzo, y tal vez esa sea la palabra que resuma el film: DESEO.

jueves 11 de diciembre de 2008

Con aroma a café


En la barra, una mujer con vestido rojo toma un cortado. Sus ojos se vuelven vidriosos y su menudo cuerpo se estremece cuando escucha los versos de Enrique Cadícamo. Está inquieta, cada tanto mira el reloj que lleva en su muñeca.

Es viernes, todos ya han salido de sus trabajos y quieren escuchar a Guillermito Fernández, que hará música en vivo. El espacio es invadido por seres que ríen, conversan y se concentran en cada pieza de tango.

Hombres de traje discuten acaloradamente sobre política. Un viejo lee paciente el diario. Una niña se inclina para dormir en la falda de su madre. Y su hermanito, un niño de ojos vivísimos, se entretiene tratando de aplastar a una mosca.

En la puerta del viejo Café Tortoni, un grupo de extranjeros sale del subterráneo y se agolpa para entrar con sus cámaras fotográficas de última generación. Un auto se lanza a la carrera con un ronquido impresionante. Entre ellos, ronda un linyera que pregona unas monedas con voz doliente.

Una guía explica a los visitantes los orígenes del lugar. El nombre fue elegido por un inmigrante francés de apellido Touan y surge de un establecimiento del Boulevard des Italiens en el que se reunía la elite de la cultura parisina del siglo XIX.

En este rincón histórico, ubicado en Avenida de Mayo 825, extranjeros y porteños escuchan con nostalgia la música del Río de la Plata. También beben y comen entre cada charla.

Aún se pueden percibir en el aire los fantasmas de los artistas que pasaron por allí, como Alfonsina Storni, Benito Quinquela Martín, Carlos Gardel, Baldomero Fernández Moreno, Luigi Pirandello y Federico García Lorca. Claro que este café ya no es el de antes, de alguna manera se lo ha explotado como lugar de consumo, pero representa una leyenda de la ciudad. Sin dudas, el tiempo humilla y ultraja.

A la tarde se puede disfrutar de un chocolate caliente con churros o la tradicional leche merengada (helado a base de leche, crema y un toque de canela). Cuando la luz comienza a caer, hace su aparición la cerveza o sidra tirada con picadas, tablas de queso o fiambres. Pero a la hora de la cena, los cocineros recomiendan las carnes gratinadas acompañadas de vinos finos. Además, la confitería ofrece muestras de arte permanente, charlas literarias y espectáculos.

Los extranjeros consiguen pasar. Ahora sí, las mesas de roble y mármol del salón están todas ocupadas. Piden sus consumiciones a mozos que entienden a la perfección el inglés.

Mientras tanto, el viejo ojea la sección de avisos fúnebres. El niño protesta porque está aburrido. La escuálida mujer toma otro cortado. Alguien se sienta a su lado, saca un libro de debajo de la chaqueta y comienza a ojearlo. Intercambian miradas fugaces.

- El café que preparan aquí es sublime. Me reconforta tomar una taza caliente al terminar el día, especialmente en esta época del año, cuando sopla viento polar.

Comenta mientras hace su encargo. Pero parece que ella no puede contestarle porque se le nublan los ojos y da vuelta su cara para no verlo.

Al fin comienzan a sonar los primeros acordes. Todo lo demás se silencia. Un hombre barbudo y alto, que había salido a la puerta a fumar un perfumado habano, se apresura para regresar a su asiento.

La joven de la barra se seca las lágrimas que cubrieron su cara y empieza a caminar. Mira la hora por última vez, son más de las nueve. Se va calle abajo.

miércoles 15 de octubre de 2008

El mundo a través del teatro














“El arte, cuando es bueno, es siempre entretenimiento”, resumía Bertolt Brecht y, partiendo de esta premisa, Esteban Bresolin sostiene que “el teatro resulta un bálsamo en este mundo y cuanto más gente lo pueda ver, mejor”. Una vez tuvo oportunidad de canalizar su vocación por el teatro social en una obra que hablaba sobre los desaparecidos y la representó frente a las Madres de Plaza de Mayo. “Fue una experiencia muy movilizante”, dice.
Bresolin cursó en la Escuela Municipal de Arte Dramático de Buenos Aires. Pero inició sus estudios de teatro con el grupo “Los Iteatristas” y con ellos trabajó en la calle. “Siempre recuerdo el día que me sentí payaso por primera vez, cuando entendí que los chicos me veían como payaso, que les hacía creer las cosas como payaso y que yo razonaba en escena como payaso”, cuenta. Aún así, después de unos años se alejó de este género: “Quedé algo fóbico, soy una persona introvertida y todo lo que sea súper exposición me cuesta, las convocatorias eran un sufrimiento terrible porque era yo el que hablaba, actuando era otra cosa porque estaba el personaje”.
Si bien la ciencia y el arte pueden parecer incompatibles, Esteban Bresolin demuestra lo contrario. Empezó la carrera de Biología en la Universidad de Buenos Aires y, aunque su pasión por el teatro fue más fuerte, conserva su amor por la naturaleza. “Canalizo esa faceta en el cuidado de las plantas; tengo una fase muy caótica y otra muy ordenada y las combino como puedo, fumando un atado de puchos por día y con terapia”, ironiza.
Casi siempre se autogestiona los espacios de trabajo y suele tener varios proyectos en simultáneo. En este momento, actúa en un unipersonal infantil, ensaya una obra y termina de escribir otra. Justamente, la puesta para chicos, “Una historia para Gregoria”, le dio muchas sorpresas: “De ante mano me costaba creer que los pibes pudiesen callarse ante un bollo de papel (oficia de títere), pero la realidad es que no se hacen tanto problema”.
La obra que ensaya forma parte de un proceso de experimentación grupal sobre la Torre de Babel, el hecho histórico que provocó el nacimiento de los distintos lenguajes. Allí hace la dramaturgia y la dirección.
El día que cumplió 40 años, improvisó un monólogo autorreferencial del que surgió la obra que está escribiendo; habla de recuperar la memoria desde lo emocional. “Me encantaría publicar, pero es una faceta de la que me estoy haciendo cargo de manera profesional recién ahora, antes hacía el proceso inverso, experimentaba con actores y en base a eso guionaba”, apunta.
Antes de bajar el telón, Bresolin confiesa: “De todo lo que hago elijo actuar, pero disfruto cada actividad que realizo y lo cierto es que puedo decir que vivo del teatro”.